Ritual de lo habitual

Los acontecimientos a los que se expone Daniela cada mañana son habituales, rítmicos. Siente que en cada paso hay algo que la retrocede. Flota, se desprende, viaja un poco y vuelve a caer sobre la misma mesa ejecutiva, mirando de frente a los hombres de negro, que con manos sudorosas aprietan papeles con gestos exagerados entre mandíbulas que van y vienen.
Presta atención pero no les entiende; mira hacia afuera, y aunque no llueva, o si lloviera, desearía flotar, andar hacia atrás, dar vueltas sobre la plaza con la música de aquel auto.
Se queda un rato divagando antes de dormirse con la mirada fija en el techo; surge la idea de una vida anterior, un deseo intenso de otro ser que intuye ya no es ella. Definitivamente para estar consciente no admite error alguno, pero cuanto mayor es el esfuerzo por mantenerse en la realidad, más fuerte es el latido de aquel corazón ausente.
Empezó un día cuando se cepillaba los dientes; al mirarse en el espejo notó que sus ojos ya no eran del marrón habitual. De hecho, su frente es más amplia y el cuello se ha estirado un poco. Pero seguía siendo Daniela. Está convencida que es así, recapacita y abandona la idea de contar absolutamente nada de lo que sucede.
Lo normal de lo habitual, aunque peca de un poco de locura la sugestiona por las mañanas cuando se prepara para las extensas reuniones. También recuerda que sus piernas se han fortalecido un poco, de tanto flotar y presionar contra el vacío, ese andar desconocido la ha puesto en forma.
Sonríe, cierra los ojos y duerme. En la noche baila un saxo, sobre la plaza. Llega silencioso hacia la ventana seduciendo los sueños de Daniela. Juan duerme profundamente. No hay nada de malo en dar una vuelta. Apenas se viste, porque el sueño es de ella.
Los faroles apenas iluminan, se sienta en unos de los bancos de la plaza bajo la tenue luz de las estrellas. Desde allí mira su habitación, con las cortinas volando en la penumbra.
Entonces llega la música lejana desde la esquina. El ronroneo de un motor se acerca, acompañado del ritmo sensual de la música ligera. No hay nadie allí que toque un saxo. La puerta se abre y una mano se extiende invitándola a subir a un coche rojo brillante de 1930.
Daniela está parada sobre la ventana, en estado hipnótico observando la calle; escucha el despertador insistente, molesto y alarmante. No hay un Juan, no hay una plaza, y menos aún música. Pies descalzos y pelo rizado se agitan con la brisa del amanecer. Sabe que llega el uniforme, las reuniones, la gente, el reloj que persigue hasta la muerte. Recuerda el rostro del pasajero fantasma, y los otros ojos, los que no son suyos, ni su cuello ni sus piernas.
Cada paso hacia adelante posterga el deseo, lo recuerda muy consciente y prefiere flotar, como todas las mañanas.
Suena una canción en una radio del carrito de panchos de la esquina, parece un tango; dice algo como “…tenés que desprenderte para saber volar, desprenderte para saber andar…”
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En ocasiones percibo su semblante transparente, lúcido, alejado y sonriente; verlo en la quietud significa acercarse rápidamente al momento romántico de su partida , para mí : el final delos espejos.
Y si los sonetos no escuchados ni bebidos fueran a dar a los caños eternos de la ciudad bajo tus pies, no será porque la lluvia los llevó hasta ese lugar ambiguo de tu consciencia.
Antes, ese lugar, era el mismo; esa mesa, ese piano, la ventana y su luz.
Los dedos que acarician el papel, sueñan hoy con las mismas historias de aquel momento; ahora ves la luz que cae entre las cortinas. Y vuelve aparecer su rostro, languidecido, extraño, ajeno. Rugoso. Rostro de muerte.
Ahora soy yo que velo por tu sonrisa, por tu vejez anidada, por tu entrega, los labios contentos, las manos sedadas.
Alli yace la nada y el todo al mismo tiempo .
Aquí me sentaba hace 20 años , en el mismo sitio.
Porque nunca tuviste paz. Porque siempre busqué lo invisible. Es curioso, porque la niña busca lo invisible, lo no visto. Que hay para ver?. Que se esconde tras la forma?
Parece cuento. Parece sueño. Irreal. Verdadero, de quien venía su inspiración. De los que no están. De nuestro ser . Somos eso.
Mis dedos, éstos dedos, que van dejando sus huellas; más viejos, más hábiles, más sabios, vienen a este mismo lugar a demostrar que están vivos, que hablo, pienso y siento como siempre, con su lucidez e ingenuidad.
Creerse un paradigma , empuñar el cigarro y tensar la cruz, la pluma ágil en la tinta, el espadachín sobre el papiro virgen.
Todos eramos valientes.

Adriana camina y observa su sombra a lo largo de la calle. No dialoga con ella, pero sabe que han compartido muchas historias. Acontece un respeto mutuo y se agradecen la existencia de ambas.
Por un momento recuerda el hecho de que la luz produce el claroscuro; toda vivencia va de un extremo a otro, comprende que infelicidad y felicidad se alternan.
Sonríe. En un mediodía pleno de sol se siente un nuevo aroma. Nada tiene que ver con flores, es la esencia del alma que habla.
Es muy reciente su cambio de vida. Como la luz y la sombra, arriba o abajo, el antes y el después se manifiesta a su pesar. Transforma su perspectiva de enfrentar la paranoia del control de lo cotidiano.
Adriana quisiera no trabajar más, sueña con el pedacito de tierra húmeda bajo los pinos con perfume a sal, con el balanceo infinito de las olas.
Mientras navega por la espuma se arrima a la orilla del amor, con los pies descalzos uno a uno entra en la marea. Encuentra que la luna brilla más intensa en éstas noches de incertidumbre.
De golpe tiene que entrar en su rutina, así que quita rápidamente la arena de sus zapatos.
No apremia el reloj, no importa la presión del trabajo. Hay plena confianza en que todo va ir bien, su percepción del tiempo difiere de todo lo antes conocido. Y así va, y así fluye.
Se sorprende por la sincronía de algunos hechos que suceden, cuando ya fueron pensados o deseados y se materializan frente a sus ojos. La vida parece más fácil cuando el corazón está abierto.
Mientras sigue sonando el teléfono, los números siguen recalculándose y las proyecciones económicas colapsan.
Cree que hay un soñador en nosotros que en ocasiones se fuga y nos deja en un vacío incrédulo casi sin respirar, pero sin duda es un buen momento para Adriana; soltó amarras, dejó equipajes y recorre caminos inciertos pero con sentido.PIes arena

Mayo

Vengo temprano para asomarme a la ventana y sentir el arrullo de todo éste cielo.
La ropa flamea colgada de las cuerdas tensas, las caras blancas y ojos negros de la ciudad, esqueletos inertes y esbeltos, mudos en la madrugada , son como los sueños quebrados que alzan sus manos a los pájaros para que se los lleve el viento.
El  verde nutriente busca camino entre los huecos, respira, serpentea entre las primeras luces.
Mayo anida un triste celeste, deja nacer los amarillos, los últimos sobrevivientes.
Ya luego será todo gris, frío intenso, un suspiro plateado que remueve los huesos y los pensamientos.
Volveré temprano para poder asomarme a la ventana, escuchar el silencio ,abrazarme a la ausencia; soltarme a la nostalgia única y bella de un fuerte chaparrón.
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El final demorado.

Roberto amanece al día. Andando de a pasos cortitos, se asoma a la ventana con su pijama y pantuflas aún puestos. En la bahía , el mar mece los chinchorros y los primeros destellos de un día hermoso se hacen ver.

_  Lo mismo de siempre ! _ se dice alegremente Roberto, su aficción al mar le gana. Por eso vive frente al puertito, con la vista infinita al horizonte. Ese vasto universo es tan eterno y rico como su propia vida.

Comienza el día con la misma rutina, darse una ducha, ponerse el deportivo gris, los tenis, camiseta polo blanca. Toma un desayuno ligero, té con leche con dos tostadas, solas, sin nada, y sale a caminar una hora por la rambla. Esto debe hacerse temprano, de otro modo no puede olvidar su gorro con visera.

Se prepara para salir. Andando de a pasos cortitos, mira de refilón el tránsito, cruza la rambla probando suerte entre los autos, con gentil sonrisa pide disculpas levantando la mano.

_ Lo mismo de siempre _  piensa Roberto, atento al mecer de los chinchorros y al aroma del pasto con rocío de la mañana. Mientras camina por el borde, va saludando a otros, que como él, son fieles seguidores de la buena salud, del ejercicio y el sol de la mañana en la cara.

_ ¿ Cómo anda vecino?_

_ Bien, acá me ve, estirando las piernas , qué más hay para hacer?_dice Roberto al pasar.

_ Está hecho un pibe. ¿ Hasta dónde llega hoy?_

_ Hasta que me suenen las tripas_ contesta olfateando las frituras que llegan de los puestos de pescadores.

_ Coma liviano vecino, cuide esa salud!_ le increpa el caminante, corriendo en dirección contraria.

_ Pierda cuidado…_ le viene a la mente el guiso pronto de la noche anterior, esperando sobre la cocina, aún más delicioso, acompañado con una copita de tinto, bien apoltronado frente a la tele de catorce pulgadas a la que hay darle unos buenos golpes para que haga antena a la hora del informativo de las doce, bien puntual.

Vira de golpe, se atropella contra la rambla en corta carrera , ya está del otro lado.

_Lástima ! _se dice_ podría haberlo hecho más despacio.

Satisfecho, se pone su habitual pijama, cierra la cortina del fondo; viene la siesta obligada. Estira un poco los brazos, las piernas, y a dormir.

Lo despierta el timbre del teléfono. A tientas se incorpora, mete mal un pie en la pantufla; sigue sonando el teléfono, indicio que no van a desistir.

Roberto está completamente dormido, intenta apartarse de la cama metiendo repetidamente los pies   en la pantufla izquierda y derecha, derecha e izquierda.

_Ya voy, caramba!_ resuena el eco en la soledad del apartamento.

Arrasta las pantuflas cambiadas con pasos cortitos, tumba con algo. Sillas puestas a  medio camino.

El teléfono deja de sonar.

_Lo mismo de siempre !_ gruñe

Vuelve a la cama. No concibe el sueño. Es media tarde, el sol pega en el dormitorio, pronto comenzará a atardecer.

Es momento de la merienda. Un té con leche con dos tostadas, solas, sin nada. Prende la radio, relojeando el universo que lo rodea, cruje el pan quemado entre sus pocos dientes. Tirantes de madera, una sierra, aserrín en el piso, muebles a medio hacer, libros del siglo pasado, relojes estáticos. Se levanta, los pone en hora. Toma papel y lápiz, comienza con  la lista de los mandados.

Calza la boina marrón a cuadros frente al espejo, se acomoda el saco gris, mete unos billetes en el bolsillo del pantalón y emprende hacia al supermercado. Tiene unas cuantas cuadras hasta el Shopping. No son calles muy concurridas, casas bajas, jardines pequeños, perros nada amigables.

A él lo reconocen, le mueven la cola. Roberto les palmea la cabeza un rato.

_ Hola Negrito, ¿cómo anda?_ continúa la marcha.

Al regreso vuelve con tres o cuatro bolsas en cada mano, haciendo equilibrio a un lado y otro. Ostenta su mercadería, lleva de todo, quesos, vinos, cosas caras. De a pasos cortitos las va cargando por las cuadras ya oscuras, iluminadas por los débiles faroles.

_Vecino, que hace a éstas horas?_ grita una voz chillona desde una jardín.

_ Acá me ve, haciendo los mandados, quien más los va hacer sino?_

_No se ha enterado?_replica la voz regando las plantas_ Hace apenas quince minutos que asaltaron a María Rosa viniendo del supermercado!, la tiraron al piso, volaron las bolsas, flor de palisa, está toda magullada_  agitada suelta la manguera y se abraza el corazón _ No se sabe nada… , ha recibido un buen golpe en la cabeza!

Roberto sigue de largo, no presta la mínima atención. _Lo mismo de siempre_ piensa meneando la boina.

_ Y bueno vecina…._ contesta_ algunos no tienen suerte!_

Llegando al apartamento escucha el timbre del teléfono desde afuera, busca las llaves, caen las bolsas, se entrevera, lo apuran; de manos nerviosas logra abrir.

_ Bueno ! que pasa?_

_ Pero que andas haciendo viejo zorro que no estás en tú casa?_ suena una voz socorrona, cascada y entrecortada.

_ Qué voy hacer?, en las vueltas de siempre !_

_ Estamos con los muchachos…venite, están preguntando por vos_ hace una pausa _ La reunión no es lo mismo sin tu presencia, Roberto_ increpa el carrasposo entre carcajadas.

_ En un momento voy_ le brillan los ojos.

 

Así es, las adulaciones son buenas, más aún cuando se es verborrágico e histriónico para un público ávido de escucharle.

Se pone los zapatos bordeaux de charol, duritos, impecables, de cordones negros. Una lustrada previa los hacen más brillantes; quedan un poco flojos pero permiten caminar, dignifican el andar y la presencia de un tiempo. Pasa la llave, tropieza con el felpudo. Endereza la espalda y marcha.

Allá lo espera acodado en la barra su compañero de la vida, amigo y compinche Don Rama, de profesión carpintero, como él, con quien compartiera trabajos y tantas anécdotas. Uno lleva al otro en los momentos díficiles. Éste sería otros de esos momentos de no acabar, donde viene una rueda,  otra rueda y otra, no solo la de ellos, sino para todo el boliche.

_ Una más para los presentes! _decía Roberto brindando al aire; entonces arrancaba otra historia del treinta, de los amigos, de los padres, de la casa en la Ciudad Vieja, cruzar la bahía de Montevideo en el chinchorro para arrimar los barcos a dique, que si había hambre , que si la heladera llena, si correteaban los mozos por las monedas y el diario.  Así se pasaba hasta  entrada la  medianoche.

Hoy Rama no lo acompaña.

_ Discúlpame Roberto_ lo abraza y se mecen ambos_ tengo un temita, con una chiquilina, me entendés?. Discúlpame.

_Está bien, estoy cerca, me siento bien.

_ Excelente !, decime, ando medio corto, las vueltas de la noche, como hacemos?_  lo abraza más fuerte.

_No te hagas problema compadre, yo liquido acá, vos andá a lo tuyo_ manotea del bolsillo, saca un par de billetes, deja incluída la propina.

_Hasta mañana entonces!_ se despiden en el medio de la vereda.

Despacio, de a pasos cortitos pegado a la pared, camina Roberto calle abajo, con la luz débil de los faroles sobre su cabeza, con ese aire del vacío, la excitación previa y la soledad que llega después;  el recuento de los recuerdos, la película aún corriendo por su frente.

Apenas han pasado unos minutos, frente a él ve , una sombra saliendo detrás de un árbol.

No distingue de que se trata. Se detiene de repente. Acuña la vista, trata de alejar el mareo. Mira con más atención. La ve claramente. No hay dudas. Se iluminan los ojos, la alegría le pinta la cara de pibe y los zapatos bordeaux se agitan con el temblor ansioso de las diminutas piernas. Piensa, se traba, trata de hablar. Sale lo único que puede decir en ese momento.

_ Al fin has venido! Ha pasado tanto tiempo !_ Un silencio eterno.

La sombra gravemente habla

_He venido , si. Solo vengo a decirte que aún no es tu  tiempo _

Roberto se desploma , caen sus brazos ; se quiebra el tiempo en  su cara, una impotencia y violencia atroz  le sobrevienen. Aprieta los puños prontos para dar el golpe, respinga la nariz, patea una baldosa y  maldice a todos los vientos:

_ Lo mismo de siempre, señor !, lo mismo de siempre…_Bar_Pers 3

El encuentro

Recién llego. Miro la gente. Mucho humo. Las lámparas apenas iluminan. A mi izquierda, un grupo de parejas. La música suena. Me arrimo a la barra, pido algo para tomar. Busco con la mirada, muy tranquilo.También me observan. Miro el reloj. Cinco minutos para medianoche. Se arrima una chica, me pide un cigarro. No tengo_le digo. Me arreglo el pelo, vuelvo a mirar. El grupo se levanta, se alejan abrazados.

La noche esta arreglada. Y yo no arreglo nada de lo mío. Sigo esperando. Las doce. Otro trago. Esa música, es de antes. Se me va la cabeza. Los recuerdos me traicionan. Miro el reloj, ya ha pasado una hora. Donde está?.Pienso que ya no vendrá y me inquieto. Realmente quiero estar ahí? No tengo mas nada que decir.

El barman limpia copas, con cada giro de su mano, me hundo en el espiral de las emociones. Estoy ansioso. Termino éste trago y me voy_me digo_ para que seguir sentado en esta barra. Me empujan de atrás para hacer un lugar, dos molestos borrachos.
Estoy de mal humor. Y no llega. Voy a llamar. No, mejor no llamo. Una vuelta por el baño. Buena idea. Me abro camino. Se ha llenado el lugar. Y si llega y no me ve?. Que espere. Empujo la puerta. Me miro, me arreglo el pelo en el espejo.

Se avivan los recuerdos , y pienso , hoy se arregla todo. Paciencia. Vuelvo a la barra. Un trago más, no sé si el último. Otra vez la música. Esa música es de antes.Recorro el lugar. Mucho humo, luces bajas. Algunos bailan. A desgano me instalo en una mesa. Prendo un cigarro. No espero más nada. Se han ido volando los sentimientos. No va a venir. Una noche más. Me aflojé. Podemos compartir la mesa?_ me hablan, no les entiendo. Me harto. Salgo. Noche fría, miro hacia un lado y a otro. Algunos quedan en la calle.
A lo lejos, se acerca una silueta. Me parece conocida. El corazón se me apreta. Ahí viene. Pero no está sola. Cruza la calle. Qué era lo que me querías decir?_pienso, y apago el cigarro_Qué era?_

Vengo todos los viernes. Sólo giro y desaparezco.

Fragmentado

Se delata una historia no anunciada,
en los ojos oscuros, caducos.
Tiemblan sus piernas,
teme por su imagen desmejorada.
 
La inseguridad lame los talones,
sus labios sellan toda posibilidad.
Cae el disfraz, se aferra a lo desnudo.
Las palabras destronan la gentil reverencia
es un desastre, manequí de lo habitual.
 
Percha del figurín avejentado.
suena la mandíbula, la intrínseca insistencia.
Reviérteme tú,
la imagen desgraciada de los sin suerte, de la poca valía.
Se necesita coraje para andar descubierto.
 
Me molesta lo tenaz de la existencia fragmentada,
el respiro entrecortado
el inútil reflejo
del temor parcializado.